miércoles, 29 de abril de 2009

El maizal (cuento preliminar)

Como todas las noches, Carmen le servía un buen plato de cazuela a Juan antes de que saliera a revisar el riego de los maizales y como todas las noches su marido devoraba el plato hasta la última gota del caldo, pero esta noche, la mujer le contemplaba en silencio mientras acariciaba su dolido brazo. El hombre cursaba ya por los 50 años al igual que su esposa, solo un hijo había nacido de aquella unión y hace mucho que había abandonando el nido con rumbo a la ciudad. Juan como los hombres de pasados lejanos, era resistente y denodado en el trabajo, no teniendo razón real para seguir trabajando tan esforzadamente la tierra, lo seguía haciendo, claro, era la única forma de vida que conocía, ya que él, como pocos, era de esos hombres de antaño que no solo vivían de su tierra, sino que vivían por ella. Tras comer, y agradecer a su mujer y a Dios, se puso sus botas de agua, mientras que Carmen le acercaba el poncho negro, la linterna y su raída chupalla. Una vez en el patio, como todas las noches el hombre olio el aire mientras hacia un cigarrillo, tras saborear el pesado olor del humo, le dijo a su esposa -vez mujer, tal como te dije, el tipejo del tiempo se volvió a equivocar, nunca ha pensado llover- tomo su vieja pala de fierro, que como siempre estaba junto a la puerta y como cada noche la puso sobre su hombro- ya vieja, me voy a regar- y la tomo con su brazo derecho para darle un profundo bezo en la mejilla. ¡Pooolo! ¡toooma! ¡pooolo! Gritó, su fiel acompañante de cada noche, aquel quiltro blanco de las orejas caídas, que era acaso no más viejo que él, pero al igual que él, era de otros tiempos, tiempos en que las cosas duraban mucho más, aquel perro parecía bailar alrededor de su amo-a ver si hoy te pillas el conejo, no te puede pasear tantos días-le dijo al perro mientras tocía enfermizamente gracias al vicio de su vida, vicio que hace mucho se había dado cuenta que no dejaría y al cual no tenia la menor intención de dejar, la vida nos da pocos placeres como para privarse uno mismo de ellos, se decía a si mismo cuando la toz era tan fuerte que le llegaba a asustar.
Al cruzar la vieja puerta de alambres de púas quedo frente a su querido maizal, al entrar a este pudo sentir como las hojas lo saludaban rasguñándole el rostro al pasar, hojas que en otros rostros serían mucho más que un saludo o una molestia, pero su rostro no era como los otros rostros, sino que era como los rostros de antaño, esos buenos rostros. Como cada noche, aquel quiltro llamado Polo se perdía entre el silencio nocturno y las cañas en busca de algún rastro, pero los años hace tiempo se habían empezado a llevar el olfato de aquel can, y junto con su olfato se iban las posibilidades de que encontrara algo. ¡UMMM! Parece que va caer harto rocío esta noche- suspiro el viejo mientras acariciaba una de sus plantas, no sabia hace cuanto había empezado a hablarle al maíz, aunque la idea de hacerlo le parecía ridícula, era una maña que no intentaría jamás quitarse, pues hablarse a si mismo le parecía aun mas deprimente.
Cambiaba la postura del riego cuando sintió un frío terrible en su espalda, solo una vez en su vida sintió un miedo comparable, y fuese hace largos años atrás, cuando creyó a su hijo perdido en los cerros, pero este miedo era uno distinto, se levanto lentamente y alumbro a su alrededor metódicamente, solo tras recorrer cuidadosamente todo su entorno con la luz, pudo soltar el aire que sostenía en su pecho, pensó para sí que estaba bastante viejo para estar espantándose solo como si fuera cabro chico, incluso una vez más tranquilo, bromeaba consigo mismo, pensaba que si algo lo iba a atacar aquella noche, que por diosito no fueran duendes, odio a los duendes se repetía mientras sonreía. De pronto el perro ladró amenazante a poca distancia de él, al escuchar al quiltro, gritó con osadía al viento- ¡mira patas flacas!, ¡a mi no me veni na a asustar! y ahora te va`y y me daja`i de lesear al perro- dicho esto se detuvieron los ladridos del perro, al menos por un momento, por que al instante volvieron, pero esta vez no eran ladridos desafiantes, estos eran los ladridos de un perro asustado, y Juan lo sabía, un solo aullido de dolor dio lugar al silencio total, una sensación de persecución se apoderaba totalmente de aquel campesino, estaba claro, lo que ataco al polo vendría por él. Ahí estaba atrapado en su querido, en su maldito maizal, la prfunda penumbra, más oscura que la noche no permitía ver más allá de su mano, la penumbra le tenia a merced de su amenazante, para Juan estaba más que claro que algo estaba entre las cañas, que seguramente había matado a su perro y que ahora además lo estaba acechando a él, en su mente trataba de identificar a su amenazante, será el traiguén se preguntaba…de pronto el sonido de chapoteo en la acequia en que el mismo estaba parado, lo hizo virar a su espalda al mismo tiempo que preparaba la pala para defenderse de lo que sea que apareciese por entre las cañas, así estuvo por varios minutos en los que sintió que algo saltaría en cualquier momento, hasta que un nuevo movimiento de las cañas tras él, lo hizo girar, lo que vio o lo que creyó ver, fueron dos grades ojos de un verde fluorescente, estos parecían perderse entre las matas para luego aparecer con más fuerza, parecían querer atacarle, pero tras un instante eterno desaparecieron totalmente.
Por fin estaba libre de amenaza, espero reponerse un poco de la conmoción y emprendió la caminata más rápida que jamás haya hecho, obviamente no pudo dejar de mirar tras su hombro, solo dejo de hacerlo cuando Carmen abrió la puerta de la casa -va` llegaste temprano…que estai` blanco viejo, ¿que te pasa?, ¿te sentí mal?-el hombre la miro y la abrazo fuerte-no habli` leseras vieja, no vei´ que tenia ganas de verte, por que no me haci` un tecito será mejor- Estaban los dos sentados en la mesa, mientras el perplejo hombre tomaba aquel té que tanto necesitaba para calmar sus nervios, extrañamente esto parecía bastante normal, ahí estaban los dos viejos juntos sin hablarse, pero haciéndose compañía, el hombre miraba con atención como su mujer se acariciaba el brazo y estaba a punto de hablarle, pero los incesantes ladridos del polo lo hicieron poner atención, los golpes de alguien a la puerta de entrada lo descolocaron tanto, que apenas se percato como la mujer se levantaba a atender, por más que Juan se ofreció, esta insistió en ir -Juan te buscan- este se levanto nerviosamente, como titubeando, cierta desconfianza pasaba por su mente al acercarse a la mujer, podía ver como esta se acariciaba con más ímpetu su dolido brazo, una vez en la puerta pudo ver a un hombre de estatura media, vestido de blanco y con un saco de paño en la mano izquierda- don Juan, se le olvido esto- dijo aquel hombre mientras le alcanzaba el saco al viejo campesino que no terminaba de entender la situación, cuando abrió el saco pudo ver en su interior el cadáver de su perro, inmediatamente sintió nuevamente esa terrible sensación en la espalda, sabia perfectamente lo que esto significaba, con algo parecido a la resignación y la vergüenza, levanto la cabeza para ver por última vez el dolido brazo de su mujer, un resoplido de entre la oscuridad le hizo poner atención en el terrible dueño de los ojos verdes.

1 comentario:

  1. Me gusto "la vida nos da pocos placeres como para privarse uno mismo de ellos... su rostro no era como los otros rostros, sino que era como los rostros de antaño, esos buenos rostros"

    A veces la prosa se hace ligera y amena, otras me cuesta seguirla.

    Oye qué es el traiguén.... aun no termino de comprender.

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