jueves, 18 de junio de 2009

perro de calle

Que será aquello que llamo mi atención, no lo se; pero hoy he comprobado que mi aparente preocupación por el mundo, no es más que una real falta de otredad.
Un día normal, tras una tarde de fingido estudio en la habitual biblioteca, en mi mano derecha la compra habitual, una fritura el manjar de pobres y apurados. Es impresionante como un producto tan pobre en alimento y conocidamente insano, es agradecido como don divino ante la persecución del hambre, aunque quizás solo sea el efecto de un aceite mal cocido, el que te vuelve adicto. Es impresionante como aquellas monedas que por casualidad encontré entre mi bolsillo, aumentan su valor frente al retumbar de las entrañas y el apremiar de una tarde sin comer.
Sobra tiempo en mi itinerario, y decido aprovecharlo, aunque tal vez simplemente no me he dado cuenta que siempre me sobra. Como sea, las risas de niños aún despreocupados por las vidas laborales que pronto afrontaran, llaman mi atención. Dos payasos animan el ocaso de ese día, pero no son más que humor burdo, un golpe por aquí y otro por allá, y en mi mente me empiezo a preguntar cuando deje de reír como niño.
Ya cansado de tanto grito y de ver a padres primerizos intentando controlar a incontrolables sabandijas, decidí retirarme, pues por culpa de aquella entretención vacía mi aperitivo empezaba a perder calor, y quien haya comprado una fritura en la calle comprenderá el grave cambio de sabor que eso provoca.
Justo en el momento en que daba la media vuelta de retirada, vi esa acorvada y peluda figura tan típica de un perro de la calle. Éste miraba con ojos llorosos por poder probar bocado, pero al instante me dejo en claro, que los perros de la calle son mucho más dignos que un perro de casa, pues apenas se dio cuenta que yo había dado con su mirada, se giro ignorándome, quizás tratando de tener algo de decencia.
No se que me llamo la atención en él, pero no pude evitar mirar como su cuerpo buscaba nervioso algún ocasional premio entre aquel barril de basura. Sin nunca dejar de preparar su costado para alguna inesperada patada del dueño de aquella basura, miraba de reojo tratando de ser ignorado.
Seguramente fue lastima, o simplemente aquella fritura ya me había hastiado, pero en mi mente nació la idea de regalarle aquella masa sobrante de mi compra, regalarle tan solo cien pesos de mi suerte. Pero no lo hice.
¿Por qué estará en la calle? ¿Habrá nacido en ella? ¿Lo habrán echado de su hogar? Como saberlo sin preguntarle, sin establecer contacto más allá de la burda piedad o impresión. ¿Cómo saber si mi regalo seria bien tomado? Como saberlo sin conocer a ese perro…como saber si aquel perro necesitaba mí ayuda.
Sin poder responder a ninguna pregunta, me retire consiente de que debí haber hecho el regalo. Pues al fin y al cabo, me detuvo la impresión de que si lo hacia, lo humillaría. Pues claro, yo me sentiría humillado, si un extraño me diera su comida. Pero como un perro de la calle podía tener esos sentimientos, que dignidad puede tener un simple animal.
No se que fue lo que me llamo la atención de él, tal vez que era casi de mi porte, y que caminaba casi tan erguido como un humano promedio. Quizás eso me confundió, y me hizo pensar que era más que un perro. Tal vez eso me hizo imperioso cuidar el despojo de orgullo que le quedaba a aquel viejo perro, o quizás simplemente es una escusa para mi egoísmo. Quizás aquella figura que vi nunca fue un perro, pero lo era para cada uno de los que estuvimos presentes, también para el guardia que apenado cumplió su deber, al tomarlo del brazo y sacarlo del lugar.

martes, 16 de junio de 2009

El flautista

Amado por tiempo, adorado por Gaya; viento, hierba y arroyo, se complacían con el agitar mágico de sus dedos, magia nacía de ellos, y mágico era el sonido de aquella flauta.
Cuentan que el viejo roble, impregnado por el tiempo, impregnado del logos que solo otorga el nacer en tiempos sin cuenta. Un día, en su pueril alma concibió un sonido, pensó lo que nunca nada, ni nadie había pensado antes, de tan solo una gota de su dorada sabia, nació el flautista. Único y antiguo, desde el momento de nacer, el flautista fluyo, fluyo como su música, desbandado pero encantador…tal y como era su son.
Eternidades durmiendo arrullado en los lomos de la brisa, tal como si fuera una hoja resignada a la muerte, se quedo esperando la cura de un dolor vacio. Un día, la brisa le dejo durmiendo junto a un viejo sauce, el gran sauce hojas de plata era llamado. Como ninguno antes, aquel sauce conocía su dolor, único y antiguo desde la primera luz vista, nadie había como él y jamás lo habría. El sauce lo cobijo en sus hojas de plata y le regalo su lomo, para que sobre los eternos bamboleos del péndulo…pudiese tocar en una eternidad.
Por largas eras no hubo brisa en el mundo, más que algún suspiro contemplativo del viento. Pues este solo se entretenía revoloteando junto al flautista; admirándole y envidiándole.
Pero por más que le amasen y quisiesen, un sentimiento resaltaba en el espíritu de quien le viese…le compadecían. Su música como una mágica visión, hacía crecer los corazones de quien pasase, pero al mismo tiempo en que su música nacía, su corazón era consumido. Pues, qué es la más bella música, qué es la perfección, sino tienes eso…eso que pides, eso que gritas, eso que anhelas, pero que solo puedes sentir…
Un día la primavera llega…y junto a ella, una joven. Su cabello blanco y rostro dorado, parecían esculpidos por aquellos magnánimos genios que nacen solo una vez. En silencio tomo asiento, y oír a su amante sin nombre fue su tarea. Nunca hablaron, pocas veces se miraron, pero nunca amor así ha conocido el mundo. Pues que se necesita para amar, sino más que amor. El canto de la flauta nunca antes había sido tan maravilloso; tan suaves ¡y tan gloriosas!, fueron las notas, que en aquel momento del mundo, solo hubo primavera junto al viejo árbol.
Un día la primavera termino, y aquel día la joven se fue con ella. Al mismo tiempo se moría la magia del flautista; vivir la soledad solo conociendo soledad, es un terrible castigo…pero peor castigo es vivirla, después haber tenido la compañía de ella. El viejo sauce le abrazaba, como intentando consolarle, ¿pero que podía entender éste del corazón del flautista? Por primera vez era amante, y ahora por primera vez, era despojo.
Al mirarle el corazón del viento sucumbió. Te haz enamorado de una primavera…le dijo…y como cada primavera, ha muerto; pero cada una que se va, vive en la próxima; nace, crece y muere en forma de una flor. Dadme tu flauta y te hare mi hijo…así podrás buscarle por la eternidad, y algún día…si el destino siempre envidioso de los que aman, te permite volver a encontrarle, será tuya para siempre.
El flautista a cambio de su única oportunidad, cedió su flauta sin pensarlo a aquel que ahora era su padre…no lo lamento, ni miró atrás.
Cuentan los viejos que si guardamos silencio, aún podemos escuchar como el viento intenta tocar aquella flauta, pero a pesar de lograr inquietar, el viento nunca ha logrado conmover. Cuentan las hojas…que el flautista alzo sus alas, y voló; voló sin rumbo, pero con un destino; también, cuentan que los hombres con el tiempo, lo llegaron a llamar colibrí
Y una vez…cuando vino a mi orilla para beber, me dijo al oído…que nunca ha dejado de buscarla.

miércoles, 10 de junio de 2009

colateral

Jean Paolo Cassini, era sin duda un ser extraordinario. Habiendo crecido en las calles de Roma, desde su niñez supo lo que era la lucha por la supervivencia. Su destino, como el destino de cualquiera que vive en la calle, era incierto, al menos hasta que a sus largos 16 años, fue reclutado por la organización. Entrenado tan solo para ser maestro en un solo arte, la muerte. Ya a los 32 años, tenía más de 72 victimas a su haber, y en su cuenta más de 10 millones de dólares, cargados de la sangre de victimas que cuya vida jamás conoció.
Al bajarse del avión, hace lo que siempre hace al llegar a un país como Chile; intenta caminar y copiar los movimientos, de aquellos a los que llama nativos. Mientras hace esto, se pregunta cual será su próximo trabajo. En cierta forma, intenta apresurar el paso para obtener aquella intimidad, que tanto le encanta a aquellos que guardan secretos; no lo puede negar, su trabajo le encanta. Al ansioso llamado de Jean Paolo, un taxi como cualquier otro, se detiene igualmente ansioso de tomar un pasajero. Sin dudar se sube al vehículo, ha encontrado el lugar que le dará aquella intimidad solitaria que busca.
Todo hubiese sido normal, si al tomar asiento, no se hubiese clavado, con lo que pensó él, era un resorte suelto. Así sin darle mayor importancia, pues estaba en el tercer mundo, y esas simplemente pasan en el tercer mundo, con un falso español delatado por una falta de fluidez, le pide, amablemente al conductor que le lleve a Las Condes, y este a su vez, le responde amablemente…como usted ordene.
Sin preocuparse de su barbudo y desaliñado chofer abre su computadora portátil, la clave: Sagitario, ese era su verdadero nombre; esa, era su verdadera naturaleza; esa, era la identidad que su amada organización le había dado. Una gran sonrisa salió de entre sus labios, el mensaje esperado, el mensaje que contenía el nombre de su objetivo, había llegado.
Matar a una mujer, era siempre más complicado para Sagitario, pues no era tan solo deslizar con firmeza el cuchillo por garganta de la victima. Este no podía evitar sentir cierto deseo, por aquella a la cual, convertía en su victima; es por eso, que ya varias veces había tomado un botín extra de este tipo de trabajo. Recordaba con particular emoción a una abogada Brasileña, que había accedido a todo con tal de que no la matara. Si hubiese sido por él la habría dejado vivir, pues se había portado de manera divina, pero él era un profesional.
Ya empezaba a soñar como aquella bella mujer de la foto, se atragantaba con su sexo con tal que él, el todo poderoso sagitario, no descargara una bala en su sien. Pero, mientras ese sueño perverso nacía, otro sueño muy distinto empezaba a mellarle, su corazón parecía detenerse, así como su mano izquierda se perdía en la niebla que empañaba sus cansados ojos. ¡Deténgase!, ¡deténgase!, ¡me siento mal!, le gritaba al taxista; pero de este, tan solo unas burlonas risas obtuvo. Improperios en italiano y en español salían de la boca de sagitario, pero solo se encontraban con las risas del taxista. Ya sin poder evitarlo, suavemente caía en un lento sueño que le era incontrolable. Justo antes de perder el conocimiento, escucho venir desde el asiento del conductor un aterrador: jajaja…cabrito.
No sabía cuanto tiempo había pasado, pero era tarde, ya casi no quedaba gente en ese, el parque en que le habían dejado. Tenía sus documentos y billetera intactas, y además su computadora estaba bajo su brazo. Sentado en silencio, terminaba de salir de su adormecimiento, pero a medida en que lo hacía, un dolor en su espalda le obligaba a pararse de manera imperiosa. Una vez en pie, al intentar caminar descubrió que el dolor era aún más fuerte. Al meter su mano, a través de la parte trasera del pantalón, se encontró con humedad; al ver la sangre en sus dedos, y algún otro rastro; comprobó lo que tanto temía.

el consejero

Una mañana como todas las mañanas, me alcé de la cama para como todas las mañanas orinar. Mientras lavaba mis manos noté algo raro en mi cuello. Intenté reventar lo que a mi entender, era un grano de acné… pero, por más que intente, no conseguí más que herirme la piel. Y al cabo de unos minutos deje de intentarlo, pues empezaba a hacerse para ir al colegio, y por que francamente me estaba doliendo bastante aquel enfrentamiento.
Recuerdo que al caminar por la calle no me dolía, pero sin embargo no podía dejar de sentirlo; estaba ahí, casi sentía que se movía. Intente disimular aquel molesto grano, estirando el cuello de mi camisa; en cierta forma esto hizo que me viera mejor, pues como nunca las chicas me sonreían…pero ahora que lo pienso, tal vez era a él a quien le sonreían.
Sentado en el mismo maldito banco de siempre, ese día las cosas parecían cambiar aquella mañana, pues esta vez al igual que en la calle, podía sentir como algunas compañeras me miraban de forma distinta.
Pero de pronto, todo pareció volver a la normalidad de mi triste vida. El profesor colocó frente a mí, el examen más difícil que jamás allá visto, en mi nerviosismo y preocupación por mi declarada ignorancia, no hice más que mirar al techo como buscando alguna salvación. Así empecé a repasar y repasar el examen, buscando alguna clave salvadora, o simplemente alguna clave oculta, solo para terminar comprobando que no existía. Pero súbitamente nació en mi oído, primero suave e indescifrable, pero pronto clara y fuerte, una mágica voz. Nadie parecía escuchar a parte de mí, y esto fue lo mejor; 24, 32, 121 etc, repetía la voz. Aún sin entender, el ¿Por qué? de la voz, comencé a contestar según esta me decía.
Una vez ya en casa recordé mi interrumpida lucha, esta vez aquella molestia debería estar madura, y yo tan solo presionando suavemente mis dedos, obtendría mi victoria. Paso que cuando puse mis dedos amenazando aquella horrible e incomoda protuberancia, una voz dijo: ¡alto! Obviamente mire para todos lados, busque por toda la casa a quien me había detenido. La voz volvió-no busques en otras partes, busca un espejo…y mira en tu cuello- después de todo le había hecho caso en todo un examen, por que no seguir aquella simple instrucción. Una vez frente al espejo descubrí bien mi cuello. Aquella protuberancia parecía moverse –sí, soy yo, también fui el que te ayudo a responder en el examen…acaso matarías a alguien tan útil- Por largo rato el grano expuso razones para que yo le permitiese quedarse en mi cuello. Después de pensarlo muy bien, llegue a la conclusión de que el grano tenia razón…ahora después de lo ocurrido, solo podría decir que el grano era demasiado elocuente. Por otra parte, por que decirle que no, hasta ahora sigue siendo lo mas emocionante que ha pasado en mi vida.
Ponte esa camisa, con ese pantalón…dile que esos aros nuevos, se le ven hermosos…la capital de Brasil es Brasilia… ¡vamos dale el bezo ahora!, lo desea…acaríciala ahora, te desea…Fueron tantos los buenos consejos que el grano me dio… que la verdad, comencé a considerarlo mi amigo…tristemente, mi único amigo. Por cierto le di hasta un nombre, lo bautice como Anito, la confianza fue tal, que cuando este me pidió que le dejara controlar al menos una mano…aunque en principio me negué, luego de escuchar sus justificaciones, no dude en permitírselo.
Tras un tiempo, pude aceptar que Anito ganara los partidos de ping-pong; también podía soportar que su mano me ganara en las pulsadas; pero lo que no pude soportar, fue cuando mi novia hizo alusión, a que una de mis manos era sencillamente mágica, y la otra, solo torpe; lamentablemente la mía era la torpe. Desde aquel momento ya no pude soportar a aquel maldito usurpador.
¡Te matare!, ¡ya no te soporto!, ¡maldito grano poseído por el demonio! ¡Grano… de malas intenciones! Si bien el desgraciado se rió a carcajadas, de cuanta amenaza hice, este sabia muy bien que estaba decidido.
Así que me miró, e intento hacer lo que siempre hacia, darme buenos argumentos- Se te olvidaba que controlo una mano… a caso piensas que te voy a dejar matarme- el muy maldito, me maldecía mientras se estiraba para causarme dolor.
Era el momento…Mientras uno intentaba reventar al otro, otro intentaba noquear al uno, forcejeamos largo rato, hasta que tristemente la lucha quedo definida a su favor; que puedo decir, Anito era más fuerte.
Pero cuando Anito se jactaba de su vitoria, en un momento de distracción contraataque, y en un certero apretón me deshice de él. Sobre el mismo espejo, en que un día lo conocí, lo veía morir.
Todo volvió a la normalidad… Ahora nadie me mira, no tengo novia y he vuelto a fallar en los exámenes. He comprobado que lo único valioso que ha nacido de mi, ha sido él. Ahora se que ese día la victoria debió haber sido suya, ahora he vuelto a ser yo, el que a nadie le importaba. Como quisiera volver atrás.
…Ayer ha pasado algo fascinante, caminando por la calle mi mano, se lanzo involuntaria a los glúteos de una señora, y solo yo, pude oír risa…